11 febrero 2013

Lobo


Cuando nada te mantiene atado, vuelas si no hay gravedad. Cuando nada te mantiene vivo, mueres si no hay felicidad. El sentir en soledad, el imaginar castillos anegados de párpados que encierran el ámbar de los espejismos…

Si fuera para siempre…

La oscuridad acecha al lobo, filósofo patrañero, embustero y rata preconcebida para ser olvidada. Un lobo que aúlla ser diferente ante la Luna pero que el resto del día es humano. Licantropía como enfermedad, no como don.

Añorar ser soñado por un desconocido para perderme más entre un abismo de incertidumbre, abnegación entre sonrisas vacías. No recuerdo la última vez que fingí ser yo mismo. Se siente crecer la desesperanza de un mundo interno que comienza a palidecer, morado ya por falta de oxígeno, siento que se marchita de realidad mientras se hidrata de sed un recuerdo que de agua se ahoga.

Si fuera para siempre…

15 enero 2013

La vela se consume


Cuando la vela está a punto de apagarse por falta de la cera, sabe que va a morir, pero también sabe que es su propia vida en forma de fuego la que la mata.

El vínculo entre el fuego y la cera es el mismo que tienes tú con tu vida. Si no te arriesgas en tu día a día y decides arder muy poquito, no darás la suficiente luz ni el suficiente calor a nadie, tendrás el mismo valor que una piedra y, a más inri, arderás lo suficiente como para morir igualmente… ya que la cera de la vida no cesa de derretirse. Es tu vida, tu cirio, tu llama y tu cera, haz lo que quieras con todo ello, pero, nunca olvides que la cera se sigue deshaciendo.

Mi caso es algo especial… ya que vivo sin la cuerda que mantiene la llama y… bueno, entre intentos vanos de encender mi luz me consumo y agonizo, sin saber qué es arder, iluminar o proporcionar calor.

Lo que más gracia me hace es que nací con el holgado hilacho untado en cera en mi interior, pero me lo arrancaron. Creo que fue otra vela, su avaricia y su luz, amén de sus habilidades aromáticas que hipnotizan a cualquiera, me despojó de mi núcleo vital y se lo quedó ella. Para alumbrar más supongo... o bien para dar más calor a otros como yo y mal-utilizar su don para así hacerse con más cuerdas de luz.

Esto me hace reflexionar… Y es que, creo que aún no se ha dado cuenta de que cuantos más filamentos posea, más grande será su núcleo de luz, más arderá y, por lo tanto, antes se derretirá. (Para cuando ella haya sucumbido a la oscuridad, yo aún seré un chiquillo, eso me alegra o me da pena… Creo que ambas cosas).

Y aquí sigo, entre fogonazos ajenos, muriendo lentamente entre cera negra y hollín; quemaduras convertidas en cicatrices que me enseñan que, a pesar de no brillar ni dar calor propio, hay quien se empeña cada día en proporcionármelo. Es curioso que, a pesar de todo, ellos y ellas sigan confiando y teniendo fe en mí.

Gracias por ser el núcleo invisible de mi vida. Pese a estar vacío en mi interior, sé que mi luz está por todos lados: allá donde os encontréis.










02 noviembre 2012

Viviendo en su boca




La belleza escarlata de sus labios perfilaba la comprensión de beldad que concebía hasta entonces. 

Al hablar, mis oídos contemplaban su boca moverse; los ojos se perdían, arrastrados por las olas onduladas de rubí, seducidos como el canto de las épicas sirenas, deseando morir en ellos. Ahí estaba yo, hipnotizado por su color de canela rosada y azafrán, finos surcos de arena virgen por donde pasear mi imaginación. Si la experiencia onírica tuviese que vivir en algún lugar, sin duda la encerraría con saliva en aquella lucerna de vida etérea. Inalcanzable sensualidad.

Cómo ser sin saber, ciegos, aislados de la verdad y a pesar de ello con vida; ¿qué incongruencia hace que lata un corazón?

Quería sentir el frío que siempre me produjo saber que yo también era un ser humano, congelarme en él. Subí a lo alto de una destartalada montaña, casi desnuda, sólo un fino camisón blanco de Luna llena sobre un cielo raso la revestía de pálida. Me recosté sobre unas piedras y la sutil seda tejida por la neblina se esparció, como mi repudio hacia la barbarie de la humanidad. A aquellas horas, con ese frío y con tan poca ropa, sólo era cuestión de minutos…

Un fuerte golpe me hizo abrir los ojos de inmediato. Un tenue violín sonaba, olía a cera quemada y la tierra era caliente; no tenía frío ni recordaba cómo sentirlo. Me deslizaba, ingrávido, hacia un imán de luz anclado en la Luna junto a varios alfileres que punzaban el techo oscuro en forma de estrellas. Entonces supe que tenía que desgarrar aquella tela negra. Descubrí que el infinito no es la oscuridad del universo, si no la luz que ralla su monotonía.

Todo acabó de repente, me vacié. Perdí mi esencia, mi rumbo… dejé de existir por mí mismo. La brújula de mi realidad se quedó anclada en alguna parte entre su paladar y su labio inferior.

Ahora río al escuchar las olas del mar, el cantar de las aves al amanecer o cuando percibo el aroma a verano y jazmín; todo me parece un chiste, (hasta lo que antes me parecía bello) después de haber bebido de su boca. Mi realidad estaba en sus labios. Puedo decir que me han robado el corazón, lágrimas de amor y de preocupación, de apego, de pasión… pero jamás un solo beso me había arrebatado mi identidad.

Desde entonces, cuando me preguntan, digo que nací entre las notas de un violín, una suave niebla y una gran Luna llena. Mi nombre, mi hogar, mi verdad… todo lo encerré con saliva y pacté con mi corazón no volver a latir hasta que tuviese un motivo, el único motivo: otro beso de aquellos labios de ensueño.

...Hasta los pensamientos más oscuros se desvanecen con la magia de un beso. Templado almíbar de un jugoso destello.

21 julio 2012

Un trozo de tela



El aburrimiento desangra mis ganas de seguir; el tedio de vivir sentado, esperando que algo me levante.
Cuando ni oigo ni veo más que carne golpeando teclas, comienzo a sentir que vibra el suelo, que pronto vendrá el tren.

Las sombras galopan cubriendo la bóveda de un viejo pueblo rodeado de calina y paz. Bañado de un moribundo oro, un valle cuyo color comienza a oxidarse. El argumento perfecto para un cuento que no posee principio ni trama, sólo un final.

La tarde ya sucumbe ante la noche, pero querría aprovechar los últimos rayos de un tímido sol para ir hacia ése lugar…

La ropa de la vida son los ojos con la que la vemos, ciérralos, abre tu mirada. Desnuda tus párpados, aleja tus pestañas, son sólo piel y pelo, sólo sirven para vestir tu alma. Me disfrazaré de viento, de río o me envolveré en arena... dejaré que de mí se nutran las raíces, seré tierra mojada, la corteza de un fresno o la nieve de una montaña.

La razón se inventa una frase que es reformada por el corazón, “no supo vivir hasta que dejó de morir”. El todo es un trozo de tela que se rasga y se cose continuamente, y son las cicatrices del hilo y las punzadas de la aguja lo que nos otorga nuestra singularidad, nuestra forma de comprender la vida a través de un tejido propio. Las hebras de mi vida son los rayos de un sol que ahora sé que es de mentira, que ni calienta ni da luz, que no da vida y que lo quema todo. Me arrojaré a él para salvar a la noche, seré Luna, seré brisa con sabor a sal de mar. Reflejo gris de un témpano inconsciente de albor, que no sabe que existe, que no cree en la muerte y que se extingue…

Las gotas de sangre que empapan el folio donde me despido me hielan la piel. Él mismo me ha cortado. Siempre quise ser de barro, y al menos servir de talismán a algún alma perdida… Pero me he dado cuenta de que la extremaunción de un sentimiento es el folio que te corta después de haber descrito tu propia muerte.

Quemaré este papel que, aun siendo de tela, ha hecho sangrar a un trozo de barro…


14 junio 2012

Imagina ser sangre



No hay mayor sed que la de la venganza. Pero en vez de saciarla con agua, imagina satisfacer esa ansiedad de semblante infinito con un almíbar épico, clamoroso. La ceniza que esculpía la tierra de pululantes rojizos reflejaba en el cielo nocturno el nacimiento de un nuevo color: el carmesí enlutado.

Sosteniendo entre sus manos el último trozo de historia en forma de espada, el cordón astillado que separaba a la Tierra de su extinción absoluta dependía de él, de permitir que su odio envainase a la esperanza. Pues en sus ojos se hallaba el fuego que habría de quemar los irrevocables fragmentos sembrados por el humano. Hundirla en su carne. Voltear el orgullo que de sangre llenó un mundo del que antes sólo brotaba agua. Lo miró a los ojos como quien sabe que está observando al último ser de una raza, con cierto asombro y una pizca de regocijo. Eso ínfimo que sollozaba era sólo un trozo de él mismo al borde de su extinción; su propia extinción.

El redundante zumbido de una expresión sin sentido vibró en su afilada hoja. “Lo siento”, como un aire moribundo, fétido. Cuando una disculpa huele mal es que detrás de ella sólo hay mierda.

Incansable, la batió una vez más contra su endeble torso. El último sonido de una especie fue el chasquear de un esternón, como cuando cae un árbol y se tronchan las ramas de una fertilidad destinada a servir como leña. La madera que hoy arde muerta estuvo viva en el olvido.

¿El mundo que habitamos crece como el árbol que nace olvidado?

Siembra semillas si sabes por qué las entierras, siembra cuchillas si no quieres saberlo. Así sólo nos quedarán dos opciones cuando recojamos lo que antaño plantamos…

 Quizá no estemos hechos de sangre sólo porque sea un compuesto esencial que nutre nuestros cuerpos, si no que somos de sangre porque sangramos, nos cortamos, sufrimos y ése sea el fruto de la vida.

El fino hilo de agua dulce que sacia a una montaña, a las raíces que la sostienen y la fina ralladura de un río, que es la lluvia espolvoreada que endulza a bosques, montes y parajes de perennes tonalidades. Sólo la imaginación es libre. Imagina que tienes vida. Imagina que eres creador de tu imaginación y que la única condición es no crear sobre lo que ya esté creado. Imagina ser imaginado.

Cuando el hecho de ver ya no tenga ningún sentido para ti sabrás que la sangre no es roja, que su color, en realidad, siempre fue el carmesí enlutado.

23 abril 2012

Buscando perderme



La noche bebió de su piel canela. Su silueta latía a destiempo con su corazón. Emitía sollozos que los animales nocturnos interpretaban a la perfección, pues ellos eran la voz de su gélida marcha.

El día moría.

Las hojas secas formaban un puzle de infinitos tonos ahogados en plata, donde la luz de la Luna difuminaba el brillo jugando con las formas. Reflejos de vaho encendían de vida un lugar casi sagrado, una respiración, un eco de vida… Ante el casi helado lago, que más bien era una pequeña laguna, una grave y mansa voz dejó caer una pregunta que se tambaleó ante la inmensidad taciturna: “¿Cómo escoger el camino correcto?”

Sólo el eco de su pregunta apuñalaba el abismo con notas de incertidumbre existencial.

Al día siguiente, cuando el día volvía a morir, el enigmático hombre le hacía la misma pregunta al viento; horneado con escarcha y olor a plantas aromáticas. “¿Cómo escoger el camino correcto?” Las ondas que reptaban por la superficie de la laguna eran su única respuesta: silencio.

Pasaron los días y aquel hombre dejó de ir a ese pequeño paraíso. Desistió.

El tiempo entonces se hizo dueño de las prisas. Las máquinas trajeron el cemento, el asfalto, los metales, el dinero, la desidia, el descontrol, el analfabetismo espiritual… Simplemente, la esencia del ser humano se suicidó. Dando paso a miles y miles de pedazos de corcho en este charco llamado Urantia (Tierra). Flotando a la deriva de todo ser vivo.

La posición de cada ser que pisaba, corría o volaba por el globo se sabía inmediatamente debido a las evolucionadas tecnologías de conexión. Pero la tragedia de estar conectados solamente por cables, hizo que se desangrara toda esperanza. El único vínculo que desarrollaban era similar a intentar verse con una venda en los ojos.

Cuando todo parecía perdido, aquel misterioso hombre se adentró de nuevo en la noche.

Pero él no la recordaba igual, la Luna casi no daba luz, a penas hacía frío, el aire era cargado, tenía dificultad al respirarlo y la laguna… Una lágrima le resbaló por la mejilla y cayó revotando en aquel océano gris, tan infinito e insípido como desolador. Con la voz rota entonó sus últimas palabras:

“Ahora sé la respuesta que tanto he anhelado. Quien no se pierde, no sabe buscar.”
“El camino correcto es aquel que el tiempo no deshace”.



Desde que aquel hombre lloró, el día jamás volvió a morir.
Reinó la confusión y, aún hoy, hay quien no sabe distinguir entre la luz y la oscuridad, lo que está bien y lo que está mal, lo perdido con lo encontrado.

27 marzo 2012

Insua -6-


Insua (Parte VI)


(...)


Notaba cómo la espuma del mar ronroneaba en su nuca, en consecuencia de las olas que chocaban contra las rocas. Debía de estar en algún acantilado, ya que aquel abismo le sonaba. Aturdido, creyó distinguir una mano sujetándole la espalda, siendo el único apoyo de un cuerpo sin un ápice de fuerza. Julio sentía que lo acariciaban, que aquel beso era igual de infinito que el grandioso mar que se abría paso ante él. Pero Helena ya lo había dejado caer.

La serea le había engañado de la misma manera que al antiguo dueño del faro, le embrujó exactamente como le advirtió Juanjo. Y en el segundo en que tendría que haber pasado toda su vida ante él, todos sus logros, alegrías y tristezas, aciertos y equivocaciones, odio y amor; todo eso fue tapado por un telón final donde estaban dibujados sus ojos. Esos que provocan las tormentas.

Entonces un rayo de luz iluminó su rostro del que goteaba sangre. En unos pocos segundos, vio lo que realmente era magia.

Eclipsado, logró diferenciar a lo lejos unas palabras siseadas que le resultaban familiares. Era Juanjo, que con su ancestral plegaria estaba ahuyentando a la serea que, no habiendo podido lanzar todo lo lejos que deseaba el cuerpo de Julio hacia el precipicio, ya había perdido el control sobre el cielo. Mientras se tapaba los oídos y gritaba con fuerza que sólo eran muñecos de trapo, intentaba alejar de ella esos ruegos que la destrozaban por dentro. Posteriormente, desde el saliente del acantilado donde permanecía herido, el joven reconoció los ladridos de su mastín. Quiara, que corría con una fuerza increíble hacia la serea, se abalanzó sobre ella cayendo ambos por el escarpado.

–¡Quiara! –gritó conteniendo la respiración. Después, todo se nubló.

En el hospital Virgen de Junqueira, en A Coruña, Julio descansaba conmocionado ante todo lo que le había pasado en tan escaso tiempo. En una inmaculada habitación con un modesto ventanuco, una costilla rota, unas cuantas magulladuras y la mirada perdida, el joven no pudo contener por más tiempo las lágrimas. Quiara había dado la vida por él, por salvarlo… Esa era la única magia que merecía la pena en el mundo, una magia que se había precipitado al océano por su culpa.

Sentado en una de las sillas contiguas a la cama donde hacía reposo, Juanjo le observaba aún con las arcanas hierbas que utilizó para el ruego en las manos. Supuso que había sido él quien lo había traído hasta el hospital.

–El enfermero me dijo que hace un par de horas había intentado localizar a tus padres y le había sido imposible –señaló con una tristeza torpemente ocultada­–. Lo siento.

Cada enigmático obsequio que te da la vida, está envuelto en un papel de pequeños detalles que jamás aprecias, hasta que abres la caja y compruebas que no hay nada. Y cuando quieres recuperar el papel de regalo que antes habías arrugado y rasgado, sin apenas llegar a ojearlo porque estabas ansioso por ver lo que guardaba en su interior, te das cuenta de que has malgastado tu tiempo en buscar un tesoro que no existe. Julio acababa de descubrir, demasiado tarde, que la vida es un baúl de oro con monedas de madera dentro.

–¿Julio Hernández? –preguntaba una vocecilla a continuación de haber tocado la puerta.

–¿Si? –respondió ásperamente Juanjo, ya que sabía que Julio no lo iba a hacer.

–Chico, si tanto te gusta saltar por acantilados, a la próxima vez procura ponerte un paracaídas o algo, ¡que vaya susto nos hemos llevado! –Vociferó su padre que, junto a su madre, se abalanzaron para abrazar a su hijo.

–Lo sentimos mucho por tardar tanto, Julio, –se disculpaba su madre– pero es que nos llamaron los de la policía marítima informándonos de que una patrullera había rescatado a nuestro perro. ¡Ya le dije yo a tu padre que ponerle la placa identificadora era buena idea! –sonreía la mujer con coba.

Julio no podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. La alegría de saber que todos estaban bien le sobrepasaba.

Unos ladridos que le eran conocidos resonaban por todo el pasillo. A gran velocidad, Quiara entró al cuarto, dio un salto y se lanzó sobre su cama, lamiendo sus heridas vendadas y moviendo la cola desbocadamente.

Entre lágrimas, Julio comprendió quién componía su verdadero tesoro y su vida.

–Parece que si no llega a ser por Quiara, el resbalón hubiese tenido peores consecuencias ¿eh? Juanjo nos lo acaba de contar. Os vio a los dos jugar cerca de los acantilados y… –resoplaba su padre.

–Sí, la verdad es que fue una caída bastante aparatosa… –arqueó las cejas el joven, deseando que no le preguntase más sobre lo ocurrido y cruzando una mirada de complicidad con Juanjo.

–Por cierto, la enfermera ha traído esto –el hombre puso un jarrón transparente con un ramo de flores en la mesilla, que estaba junto a la cabecera de la cama.

El chico se inclinó para olearlas y, cuando volvió a recostarse, estaba completamente pálido: las flores olían al perfume de Helena.

–En cuanto te recuperes, ven al faro alguna noche y te enseño unas plegarias, porque viendo tu cara... creo que te van a venir muy bien –sonreía Juanjo malicioso en ausencia de los padres, que se encontraban hablando con el médico– ¡pero esta vez, acuérdate de tocar la puerta!

A continuación, abrió la pequeña ventana, tiró las flores que había en el jarrón y, en su lugar, puso las hierbas balsámicas que portaba. Antes de darse la vuelta para perderse por el largo pasillo de la clínica, Juanjo le guiño un ojo. En respuesta, Julio le ofreció la misma franca sonrisa que cuando se toparon por primera vez.

–Gracias –murmuraron al unísono.

(...)