06 marzo 2017

Relato ganador del XI Premio de Relato Corto de Atzavares

Gracias a la Universidad Miguel Hernández de Elche y a todo el jurado que demostró tener poca idea de literatura al otrorgarme el primer premio. Os dejo aquí el relato tal cual lo escribí, (esta vez sin formatos raros): 

Petricor
                 DiaryH3 - 31 de enero:
Estoy indecisa. No sé si comprarme un perro o un hurón, ambos me gustan pero… Después del hundimiento en bolsa de Apple y la interrupción indefinida de sus fábricas, no puedo fiarme de comprar la aplicación de iDog o MyFerret y luego quedarme sin soporte. Y por si fuera poco, desde la quiebra de Google las opciones para tener mascota son cada vez más escasas, una lástima para las amantes de los animales como yo.
       DiaryH3 - 8 de febrero:
Hace ya más de dos semanas que la tele ha dejado de hablar del derrumbe de las pirámides de Guiza. Egipto ha sido Trending Topic mundial durante días. Montañas de vídeos y fotos inundan la red, la mayoría son memes y vídeos trucados que hacen que te partas de la risa, ¡son buenísimos!
“Me da que a los dioses extraterrestres que las erigieron les pitan los oídos con tanto alboroto”, esa ha sido mi aportación a la red. ¿No es genial? ¡Compartid!
       DiaryH3 - 17 de febrero:
¡Hola de nuevo! Hoy ha sido un día un poco extraño, os cuento. Después de tomar un helado en el Sector A2, se ha producido otra bajada de tensión eléctrica, por lo que el transporte quedó inhabilitado y tuve que volver a pie a mi casa. Vaya bajón, lo sé.
La cuestión es que mientras volvía me han asaltado. No quiero prejuzgar, pero ha sido un inconformista, seguro. Por su tamaño debía ser un niño, pero no me paré mucho tiempo porque olía muy mal, quiero decir, no olía a persona civilizada. Y por si fuera poco, tuvo la desfachatez de hablarme. ¡Me echó su voz! ¡Serán maleducados! No quieren aprender a comunicarse a través de la tecnología, sin emitir gases desagradables al hablar. “Ayuda”, me dijo. Evidentemente aligeré el paso hasta que estuve lo bastante lejos como para sentirme segura.
       DiaryH3 - 18 de febrero:
Gracias a todos por vuestros comentarios de apoyo y repulsa. Os informo de que estoy bien. Ojalá cerrasen las fronteras, estas cosas no pasarían.


                   DiaryH3 - 27 de febrero:
¡Muy fuerte! Intentad no pestañear a continuación porque no quiero que os perdáis ni una palabra de lo que me ha ocurrido. ¿Os acordáis del rebelde del otro post? Pues lo he vuelto a ver.
Estaba acurrucado entre los dos generadores de mi portal, aquí abajo no tenemos un verano permanente y supongo que tendría frío. ¿Me seguiría hasta mi casa el otro día?
Cuando me iba a poner en contacto con la policía, se puso a llorar. Me resultó peculiar verle hacer eso, la cuestión es que le di una oportunidad. El pequeño inadaptado extrajo de su pantalón (creo que se escribe así, es una prenda muy desfasada) un papel. Sospecho que el muy guarro intentó que lo cogiera de su mano, al final lo dejó caer al suelo y le hice una foto con el móvil. Hacía mucho que no veía papel, y más aún una letra caligrafiada a mano. Me costó transcribirla. ¡Pero para eso están las apps! Al procesarla con mi gadget, esto fue lo que ponía:
Me he escapado de casa. Mi papá necesita ayuda. Por favor, dadme medecina.
Lo primero que pensé es que hacía mucho tiempo que no veía un error ortográfico, mi corrector predictivo hubiese modificado la última palabra. Está diseñado milimétricamente para escribir la palabra más correcta; al igual que yo, nunca se equivoca.
Antes de irme a dormir, le dejé a unos metros un poco de agua. No sé si hice bien.
       DiaryH3 - 28 de febrero:
Me sorprende la cantidad de comentarios alcanzados en mi anterior post, parece que a mis más de cinco millones de suscriptores les ha gustado mi vivencia. Ante la mayoría de peticiones, intentaré comunicarme con él. No os prometo nada. ¡Atentos a mi canal!
       DiaryH3 - 29 de febrero:
Fui a buscarlo al portal, pero ya no estaba.

                   DiaryH3 - 30 de febrero:
¡Están en rebajas y no he podido resistirme! Los zapatos Art Flhoes por fin serán míos. Al pisar se proyecta un holograma de flores precioso… ¡Por donde pise crearé vida! Me encanta la tecnología, no voy a pasar desapercibida en ningún sector. Hoy están todas las webs de compra llenas de la publicidad del Día de la Luna, como si me importara eso de que la tierra gira más lenta por no sé qué apogeo lunar, la cuestión es que hay rebajas; aunque ahora no sé si en blanco me quedarían mejor…
       DiaryH3 - 25 de marzo:
Casi un mes sin tocar este teclado. Mi ausencia tiene una explicación que no os vais a creer. Todavía no sé cómo contar lo que me ha pasado estos días... Es horrible. Necesito más tiempo.
       DiaryH3 - 31 de marzo:
Os pido disculpas, he estado muy confusa, necesité un tiempo para poder organizarme bien antes de escribiros. ¿Estáis preparados? Mejor empezar por el principio, justo antes de que me secuestraran:
Cuando pensé que se había ido para siempre y ya nunca más me molestaría, el niño inconformista volvió a aparecer. Sucedió al poco de tomarme las pastillas de las buenas noches. Me asomé a mi ventana y estaba sentado cerca del generador, pensé que querría más agua. Por mi seguridad cerré todas las puertas mediante las llaves de bloqueo magnético.
Al despertarme, ya no lo hice en mi casa.
Una venda me cubría los ojos, intenté quitármela, y una voz humana (sí, una voz) me advirtió de que si lo hacía, podría quemarme las córneas. Así que desistí, menos alterada de lo normal, supongo que por el efecto de las pastillas o por esa sensación en la piel tan cálida y agradable que sentía.
La voz de la advertencia volvió a resonar, quería avisar a la policía. De repente me di cuenta de ese olor… ya lo había percibido antes, solo que ahora olía como si estuviera en el país de los inconformistas. ¿Estaba en el exterior? ¡No era posible! Entonces sí comencé a alterarme.
Los pensamientos afloraron como fuegos artificiales. Pero recordé que, como decían las lecciones en realidad virtual que estudié de niña, debía pensar con raciocinio y objetividad absoluta. Al cabo de unos minutos de tenso silencio, me atreví a preguntar con una voz que ya no recordaba poseer y cuya articulación me resultó embarazosa:
¿Por qué me han traído aquí? ¿Qué quieren de mí?
¡Ah! Ahora sí que habla… escuché a lo lejos con tono rimbombante.
¡No te pases! Déjala que se habitúe le regañó otra voz más cercana y autoritaria.  Estás aquí para hacer una labor muy importante, llevamos más tiempo del que crees siguiendo tus pasos. La hora a la que te acuestas, el momento en que comienza a hacerte efecto esa droga que os metéis por las noches, cuándo escribes tus entradas en DiaryH3, dónde dejas las llaves… Incluso pudimos hacer una copia gracias al raudo pequeñajo de aquí la risa de un niño inundó la estancia.
Entonces, el niño que vi… no llegué a terminar la frase.
Sí, mi hijo tenía que acercarse a ti de algún modo. Todo forma parte de lo mismo. Los ojos de tu mundo sólo perciben la realidad a través de las pantallas, y tú posees el control de muchas miradas. Nos serás de gran ayuda -su tono iba adquiriendo amabilidad.
Tuvieron que pasar unas horas más hasta que me pusieron unas gafas muy oscuras y me quitaron la venda, en ese orden. Al principio apenas veía nada, pero poco a poco mis ojos se fueron adaptando.
¿Y cómo es el exterior? Pues bien, allí todo era muy claro, muy brillante, el sol que había visto tantas veces en mi pantalla, en realidad emitía una luz que lo bañaba todo, y además era cálida. Jamás había sentido esa sutileza que activaba las terminaciones nerviosas de la piel expuesta. Es casi inefable. Todo tenía un aspecto marrón cobrizo, no había infraestructuras ni hormigón: era tierra. Miraras donde miraras, estaba seco, a excepción de unos pozos artificiales y chozas hechas con barro, (según me contaron ellos). Aunque he de decir que dentro se estaba muy fresquito, no parecía verano.
Ya bien entrada la oscuridad, me percaté de que tanto el calor como el frío allí son extremos, uno por el día y otro por la noche. Sentados alrededor de una hoguera, como en el cine clásico, me fueron desvelando por qué yo era su última esperanza.
¿Qué dicen de nosotros allí abajo? –preguntó el patriarca de aquella familia compuesta por tres varones, un padre y sus dos hijos.
Según nos enseñan los medios de comunicación y nuestro sistema educativo, hay unos pocos testarudos que se niegan a vivir bajo tierra y que son considerados parias. Su esperanza de vida es muy corta debido a la radiación. Crean chabolas con plásticos y basura y cultivan hortalizas en invernaderos improvisados para luego venderlas a los de abajo dije, un poco sorprendida por mi soltura vocal.
Plásticos y basura… expelió con una sonrisa torcida el mayor de los hijos.
Las mentiras reduntantes son verdades cinceladas. Bastante hemos soportado ya pareció que se le iba a romper la voz, pero el cabeza de familia prosiguió sin titubear. La vida que ya no queda en la superficie, intenta sobrevivir en las profundidades, sois una sociedad artificial que se os ha olvidado qué significa ser humano. Vuestras metas son filtradas mediante tecnología que se os vende como una herramienta, pero que acaba siendo una extensión física y mental. A veces un muro entre vosotros y la verdad. Y ahí es donde entras tú me señaló con un dedo índice bronceado y muy curtido.
¿Yo?
Tu creciente popularidad en la red servirá de canal para que hagas llegar, a cuantos más mejor, el siguiente mensaje: Somos los últimos tres humanos sobre la faz de la Tierra matizó cada palabra para que no se me escapase nada.
Ya no quedamos más, somos la última familia rumió con voz lúgubre el hermano mayor.
¿Y por qué no vivís abajo? ¡Allí todo es perfecto! solté de repente cargada de obviedad.
Porque… el rostro del padre pareció ensombrecerse, hasta entonces no me había dado cuenta de que era un anciano. La perfección es monotonía, la perfección es plana. El cielo es oscuro, la noche es rutina, las estrellas son el defecto, las pecas en la cara de la oscuridad. Y qué quieres que te diga, a mí me gustan las mujeres con pecas miró con picardía a su primer hijo, que le devolvió la sonrisa.
¿No se te ha ocurrido mirar hacia arriba? dijo el pequeño, era la primera vez que hablaba.
Entonces miré hacia arriba y una emoción desconocida se empotró contra mi caja torácica. Abrí mucho los ojos, también la boca. Luz natural, estrellas de verdad…
Lo siento, aún noto esa cosa en el pecho. Mejor será que siga escribiendo mañana. ¡Espero vuestros comentarios!
       DiaryH3 - 2 de abril:
Ayer intenté acceder a la app del diario digital, pero los servidores de DiaryH3 estaban colapsados. Al parecer no han aguantado vuestra avalancha de visitas, comentarios y seguidores. Simplemente, GRACIAS. Seguiré por donde lo dejé hace un par de días:
Aquella noche dormí mirando el cielo estrellado. Bueno, la verdad es que no dormí, miré el cielo.
Al día siguiente, el padre y el mayor de los hermanos habían desaparecido, supongo que se irían a hacer sus labores. Me encontraba yo sola con el pequeño en el interior de una de las cabañas, resguardándonos del excesivo calor.
¿Cómo te llamas? pregunté para romper el hielo.
Petricor dijo sentándose más cerca de mí.
¿Qué clase de nombre es ése? lo miré con una mezcla de risa y pena. Petricor… parece alguna clase de pájaro de pico largo por la expresión contenida del niño, supuse que nunca había visto un pájaro.
Me llamo así por mi abuelo, él decía que Petricor es el nombre que recibe el olor de la lluvia al caer sobre suelos secos los grandes ojos del niño se turbaron. Mi abuelo me dijo que así también se le llamaba al líquido que fluía por las venas de los dioses en la mitología griega.
Nosotros no estudiamos esas cosas… dije extrañada. Hace unos 28 años que no se registran precipitaciones, ¿cuántos años tiene tu abuelo para saber cómo huele la lluvia? le pregunté.
Estaba cerca de cumplir los 40, murió hace unos meses.
Acto seguido el niño me abrazó entre lágrimas. Mi primer impulso fue apartarme, pero luego cedí ante la ternura, (he tenido que buscar esa palabra en un diccionario clásico).
Petricor, ¿por qué no venís conmigo abajo? Allí podréis vivir y evitar una muerte asegurada.
Mi abuelo y mi padre siempre decían que las extinciones son cambios necesarios, y que alguien que niega su destino es un fósil que todavía no está fosilizado.
–Espera, ¿insinúas que nosotros también vamos a morir allí abajo? Eso es imposible, no me cabe la menor duda –afirmé absorta.
–El miedo inhibe la duda. Además, ¿acaso pensáis que estáis vivos? Sois el eco de una muerte amañada respondió el niño con una seguridad impropia, desde luego que era hijo de su padre…
¡Ese es mi niño! ¡Así se habla! la voz del patriarca retumbó en las paredes y di un grito ahogado debido a que no lo vi entrar.
Tienes que irte antes de que la radiación afecte a tu nívea piel me dijo con voz contundente. Diles lo que has visto. Cómo es el cielo, el fuego en la noche, la luz natural, el sol, las estrellas… Lleva el recuerdo de la humanidad a las redes. Será una chispa de luz en un universo oscuro mientras pronunciaba la última frase, el reflejo de la luz solar que asomaba por la entrada desaparecía por momentos.
¡Nubes, papá! exclamó el niño mientras salía disparado fuera de la cabaña.
Y allí estábamos los cuatro, viendo cómo se amontonaban unas nubes que al principio parecían pasajeras, unas nubes que no puedo describir con palabras, puesto que el viento las transformaba en figuras imposibles cada pocos segundos. Su color se volvía intenso y la luz se atenuaba. Mi mente y mi cuerpo eran una maraña de asombro y miedo. Estaba maravillada ante aquel espectáculo.
Cuando cayó la primera gota, fue absorbida tan rápido por el terreno que ni siquiera me di cuenta. Fue al cabo de un rato cuando aquella especie de ducha celeste se me vino encima y me caló por completo. Había leído sobre eso, pero vivirlo es… increíble.
Y entonces emergió aquel aroma. Y me congelé. Petricor…
En un instante lo entendí todo. Entendí por qué no sentía nada, por qué estaba vacía, me vi como un producto y comprendí mi ceguera. Supe también por qué hace muchos siglos existían las religiones, y es que algo tan mágico es digno de adoración. Tras aquella epifanía, me sentí viva por primera vez en mi vida. Estaba llorando, o era la lluvia que resbalaba por mi cara, todavía hoy no lo sé...
Cuando miré a mi alrededor, me encontré con un panorama desolador. Formando un corro sobre el más pequeño de la familia, estaban su padre y su hermano. El niño parecía una masa mojada e inerte, su padre lloraba desconsolado y su hermano intentaba encerrar la rabia apretando tanto sus puños que de sus palmas brotaba un hilo rojo que se mezclaba con el agua. Petricor, según me dijo su padre, nació con problemas de corazón debido a la radiación. Su mayor sueño era que lloviese. La excitación del pequeño ante aquel acontecimiento fue tal, que su corazón no pudo resistirlo.
–Mi hijo se va entre el aroma que acompaña a la primera lluvia tras un largo período de sequía. Y yo no tardaré mucho tiempo en alcanzarle.
Fueron las últimas palabras habladas que escuché antes de regresar.
       DiaryH3 - 5 de abril:
Gracias por las millones de sugerencias sobre qué hacer para honrar a esos últimos supervivientes del exterior. Me retuvieron para que fuese emisaria de un mensaje de apertura de conciencia y de despertar. Lo he estado pensando mucho, y creo que he llegado a una conclusión.
Al menos en nuestro mundo, el mundo civilizado, abrir los ojos supondría enloquecer, no poder dormir, dolor, tristeza, una punzada de soledad. No se puede abrir los ojos. Para eso ya nos prepararon desde bien pequeños, nos pintaron los párpados por dentro para no tener que mirar. Aun así, yo jamás les olvidaré.
De hecho, por fin me he descargado iDog en el móvil, y a mi nuevo perro le he puesto de nombre Petricor. Vale que no es un nombre muy bonito, pero él se lo merecía. Así es la realidad, sé que no me equivoco. La vida sige.
¡Gracias por vuestros comentarios y compartid!



06 enero 2016

Mente de doble filo

Hay que dejar de creerse todo lo que se piensa. La mente es nuestra peor enemiga si no está domada. Como un perro interno que te arrastra hasta su guarida, la mente te utiliza, quiere que le hagas caso y tiene infinitos métodos para hacerlo, es tu sumisión lo que busca, lo que la alimenta; poseer las riendas de tu vida. Dejar de pensar no es la clave para domar la mente, sino saber cuándo y cómo debemos darle uso, dosificar su dominio, permitirle más o menos cuerda, controlarla para que se acabe amoldando a nosotros y no nosotros a ella.

No existe un enemigo peor, más astuto, sigiloso y que sepa mentir tan bien que nosotros mismos. Es un alter ego misántropo que manifiesta aversión a la luz que emanamos y nos somete para alejarla de nuestro día a día.

Con todo tipo de tácticas para destruir nuestra capacidad de Ser, la mente nos corroe de dentro a fuera. Nos desnuda con inquietudes internas que sólo conocemos nosotros (por eso es nuestra más vil enemiga) y nos despoja de la protección emocional como si de pensamientos carnívoros se tratara.

La mente es una herramienta más, no somos nosotros. Esa es la clave.

Es muy costoso domar algo que ha sido salvaje durante tanto tiempo, pero VIVIR dependerá de ello. El pensamiento habita en el pasado y el futuro, pero no existe en el ahora

El miedo es su mejor arma, nos lo induce y con él desgarra nuestro Ser. Hay heridas que cuestan mucho sanar, y las causadas por el miedo que crea nuestra mente producen un dolor sordo que nos atormenta por dentro, (ansiedad, preocupación, pensamientos arbitrarios, inquietudes, etc.) impidiendo vivir en plenitud. Es el perro que ataca a su amo porque quiere ocupar su lugar.

 “La lucha no es contra el mundo, la lucha es contra mi Yo que ve la lucha como una opción”. Esta frase la soñé hace un tiempo. En el sueño luchaba contra una sombra que aniquilaba y oscurecía todo aquello que amaba. Esa sombra era yo mismo, mi alter ego; y creo que es la frase perfecta para poner punto y final a esta divagación.



22 junio 2015

Solsticio purificador

He sentido que la vida se me escapaba ante unas palpitaciones galopantes, sudores, entumecimiento de las extremidades, mareos, asfixia y una extraña sensación de irrealidad y de que todo era el fin. Todo eso, bañado con un sutil chorro de creer que me estaba volviendo loco.

En efecto, se trata de un ataque de ansiedad en toda regla. Jamás lo había sentido, pero el terror que viví no se lo desearía ni a mi peor enemigo.


Han pasado unos días desde que me hicieron toda clase de pruebas en el hospital para descartar que se tratara de algún mal de origen cardíaco. Todo mi sistema circulatorio “está perfecto”. El corazón “funciona correctamente” y la razón de la tremenda taquicardia (hasta 170 pulsaciones por minuto) fue por un medicamento para la alergia que me estaba tomando y que, al parecer, me hizo una mala reacción.

El problema de los ataques de ansiedad es que le tienes miedo al miedo, es decir, miedo a que te vuelva a suceder eso que tanto miedo te dio. Permaneces mucho más atento a tus pulsaciones, a tus energías, a si te falta o no el aire, los nervios se te van al estómago, éste se te cierra, apenas puedes comer y te sienta mal la comida; y de nuevo vuelta a empezar. A veces consciente y otras inconscientemente, dejas de ser tú mismo. Cambias toda tu vida por el miedo. Tu forma en que veías y vivías las cosas se desvanece como un bosque ante un alud.

Ahora viene la parte positiva de todo esto, (¿cómo va a haber una parte positiva de este horror? Pues sí, la hay).

Las personas que están a tu lado, las que de verdad te quieren y se preocupan por ti, se convierten en luces que, como una persiana subida ante un amanecer, van traspasando tus párpados cerrados poco a poco, sutilmente… y van enseñándote a respirar de nuevo, a vivir como antes del incidente. Despiertan al Yo que está acurrucado en la esquina de una habitación de la mente más profunda, atemorizado de que se reproduzcan los síntomas.

Luces que llaman a otras luces, que te aconsejan, que ven más allá, que toman iniciativas promovidas por la estima que te tienen… Y poco a poco consiguen que vaya saliendo de este pozo al que jamás hubiera pensado que yo podría caer.

La sensación más reconfortante, donde más cerca estuve de salir del funesto pozo, fue en una playa apacible. Escuchar las olas del mar, sentir el sol en plena renovación: justo cuando cruzaba el ecuador del solsticio de verano (a las 18:38 horas del 21-06-2015). Eso me renovó a mí también. Todos mis sentidos se diluyeron, me dejé llevar… Entré al mar poco a poco, notando cómo las olas desprendían de mi ser el fango que me aprisionaba el tórax, estómago y mente. Arrojé con fuerza la oscuridad para que se ahogara en el mismo mar en el que yo me estaba purificando.

Me ayudaste a renacer. Cada escalofrío curativo que producía el Sol en mi piel al secarla con su calor, me recordó que tú eras quien estaba a mi lado. Un filtro solar que mejoraba lo inmejorable; y me mejoraste a mí.

Gracias por alumbrar mi miedo. Sin tu ayuda, todavía estaría en lo más profundo, embutido en una ansiedad opresiva, asustado y desalentado. Eres mi esperanza; luz.

10 noviembre 2013

El Salto Olvidado

“¡Qué majestuosidad! ¡Cómo vuelan! Yo quiero volar con ellos… ¡Yo quiero volar!”

Los globos de aquel plástico metalizado con las formas de sus personajes de dibujos animados favoritos le tenían absorbido. No dejaba de pensar en que quería elevarse hasta su altura, y no que alguien le bajase uno de esos globos hasta la suya. Le dolía el cuello de tanto mirar hacia arriba durante tanto tiempo.

–Eso tú no puedes pagarlo. ¡Largo de aquí chaval, me espantas a la clientela! –exclamó sin escrúpulo alguno el dueño del carrito.

Se metió las manos a los bolsillos y los sacó, dejando ver que más allá de aquella ropa sucia, sólo había trozos de tela deshilachados. Pero con aquella mirada… ojos grandes, con un brillo que te bebía hasta la última gota de compasión, el dueño de los globos se ablandó y no tuvo más remedio que sucumbir ante su dorada humildad.

– ¿Tienes hambre? –preguntó con un nudo en la voz. El muchacho se encogió de hombros.

–Bueno… –suspiró el comerciante–. Voy al restaurante de enfrente a traerte algo de cena, no te muevas. Te dejo al mando de mi nave voladora –le guiñó un ojo y se perdió entre la multitud de aquella apartada plaza.

“Te dejo al mando de mi nave voladora”… Sus ojos eclipsaron a la Luna en el momento en que se sintió capitán de su sueño. ¡Ahora estaba al mando de los globos! Raudo, se subió al rectangular carro de dos ruedas, un tanto oxidado, pero lo suficientemente estable como para aguantar el liviano peso de un niño.

Se percató de una pequeña compuerta que contenía una bombona de helio. El niño ató cabos y pensó que era de ahí de donde debían nacer los globos que quería alcanzar. Accionó la diminuta palanca que abría la válvula de la pesada botella y se introdujo el manguito conductor en la boca. Al principio tosió y se lo sacó rápidamente.

– ¡Wauh! –exclamó con un timbre de voz que no era el suyo–. ¡Soy un pitufo! –gritaba entre risas.

Cuando se cansó de jugar con su cambiada voz se acordó del comerciante, el cual estaría a punto de regresar con su cena. Volvió a meterse la fina manguera muy dentro, a ras de su garganta. Aspiró muy fuerte, una y otra y otra vez…

–Aquí no pasa nada… –dedujo cabizbajo al notar nada más que el efecto del helio en sus anestesiadas cuerdas vocales.

Decepción. Ésa era la palabra que mejor se ceñía a su desengaño. Su sueño no era más que un producto de su más absoluta imaginación. Comenzó a llorar en silencio. Pero qué raro… Sabía que estaba llorando, pero no notaba sus lágrimas resbalar por su cara. Extrañado, abrió entonces los ojos y, entre una acristalada visión, se topó con tres gotitas que flotaban a la altura de su barbilla.

–¡¡Bieeeeen!! –cuatro, cinco y hasta siete lágrimas más se sumaron a las otras, pero éstas ya no eran de tristeza, sino de la más radiante felicidad.

La diferencia que existe entre dos lágrimas iguales no está en los ojos en que nacen, sino en los labios en donde mueren. Con una sonrisa que casi ocupaba todo su angelical rostro, decidió poner en marcha su jovencísimo pero ambicioso plan. Se puso en pie en aquel carrito, frunció el ceño haciendo afán de su valentía y se dispuso a dar el salto de su vida.

Situándose al borde de aquella destartalada carreta, abrió los brazos y cerró fuerte los ojos. Se lanzó sin contemplaciones.

El tiempo que pasó es incalculable. Fue la lejana voz del comerciante la que le hizo abrir tímidamente su ojo derecho, (el izquierdo seguía cerrándolo con fuerza). Allí estaba el dueño del carro, haciendo aspavientos con los brazos en alto y algo envuelto en papel de plata en la mano, seguramente su cena.

– ¿Te has vuelto loco? –le gritaba muy alterado–. ¡Baja inmediatamente!

Los descubrió al darse la vuelta sobre sí mismo igual que lo hace un girasol en busca de su vital fuente de luz. Las viejas farolas que rodeaban la plaza vertían sus destellos de ámbar sobre aquellos globos que, como si fueran el mayor tesoro que jamás había visto en su corta vida, habían adquirido una mágica tonalidad dorada.

Majestuosos… desde luego. Sus ojos, como dos enormes platos de vida, perdieron el don del parpadeo en cuanto se elevó a su altura, como si fuera un globo más. Ahora los podía contemplar como siempre había deseado.

Una gran sonrisa brotó de su boca, pero se cortó en un alarde de incontenida emoción que le hizo abrazar con tanta fuerza a uno de los globos que se rompió la cuerda y salió flotando hacia arriba, sin rumbo. El pequeño, sin saber bien lo que hacía, comenzó a mover sus brazos y piernas igual que si estuviera buceando en el agua. Nadando hacia las alturas, muy lentamente se fue sumergiendo en el cielo oscuro en busca de un tesoro que pesaba menos que el aire.

Ya no oía el bullicio de las personas que había dejado atrás. Sólo braceaba en un océano infinito de oxígeno, dióxido de carbono y vapor de agua. Empezó a discernir entonces las olas de viento que le golpeaban y se propuso aprovechar su generosa corriente, dejándose llevar entre empujones de un mar inconcebible.

El tiempo que pasó desde aquel mágico salto no se podía calcular, la noción de las horas había sucumbido ante un oleaje de viento sin espuma que hubiese hecho palidecer hasta al más experimentado pirata de alta mar. Pero aquel tesoro no era de oro, el tesoro que el niño anhelaba era más grande que cualquier doblón del más preciado metal, ya que lo que él perseguía no se podía encerrar en las bodegas de ningún barco. Lo que él perseguía era infinito, y sólo lo que es infinito puede ser buscado con el alma, para después ser albergado en el corazón.

Estaba cerca. Casi podía tocarlo.

Su mejor baza fue la de no mirar atrás en ningún momento. Sólo miraba al frente, hacia el globo, que ahora parecía brillar mucho más que antes. Por otra parte, también había en él algo extraño, y es que ya no reflejaba ese tono dorado, ahora más bien parecía una lámpara plateada que poco a poco se iba haciendo más y más grande… El niño, ya rendido a las corrientes de aire, sintió que comenzaba a tener un sueño como jamás había tenido. Cerró los ojos y decidió que a primera hora del día siguiente seguiría buscándolo sin falta.

–En cuanto oiga a los gallos cacarear, me pondré de nuevo en marcha –murmuró en su inocencia. Después, un gran bostezo sonó como el inofensivo maular de un gatito, dado el efecto que aún tenía el helio sobre su voz.

Y se dejó ir.

Hay veces que, aunque tengamos los párpados cerrados, si la luz es muy intensa podemos verla a través de la piel. Esto fue lo que despertó al pequeño. Un súbito y agradable calor recorrió su cuerpo, desde los pies hasta la cabeza. Abrió los ojos de par en par. Lo que allí vio no podía ser real…

Sus pies descalzos sentían el tenue fulgor de una luz plateada que se extendía mucho más allá de donde su vista podía alcanzar.

–Llegué –sentenció.

Un poco aturdido por el silencio que habitaba en aquel maravilloso lugar, comenzó a distinguir tras él lo que parecía ser el chasquear de una gran lumbre. Al girarse, vio a lo lejos un colosal portón. Éste precedía a un albor que crepitaba como si mil soles estuviesen ardiendo en una hoguera donde la única leña eran ramas de canela y hojas secas de eucalipto. Ese olor le era muy familiar… ya que había sentido varias veces aquel seductor aroma mientras dormía.

Al llegar al portón, sus monumentales marcos parecían estar hechos con el mismo material que el de los globos que tanto le gustaban. Se asomó, apoyando su delgado cuerpo en uno de los laterales y pensó que aquella espectacular puerta debía haber sido erigida por gigantes.

Antes de adentrarse definitivamente y dejarse llevar por aquel asombroso magnetismo que lo invitaba a pasar, echó la vista atrás. Un pequeño punto ante una titánica puerta de luz inefable. Fue la única vez que dirigió su mirada hacia el lado opuesto de su corazón. Lo hizo dirigiéndose a aquel azulado globo de helio de donde había venido: la Tierra.

Su voz, que por fin vibraba de forma normal, dejó suspendido en el aire una verdad eterna escondida entre palabras:

“Mi tesoro infinito. Un hogar de luz. No esa Luna que veis los adultos en el cielo, sino la Luna con la que soñamos los niños”.


04 septiembre 2013

La última señal

Nacer para dar un valor a la mierda y ser felices hablando de ella todo el día, deseándola, riendo con ella… La gente parece ser feliz con cosas que no importan una mierda.

No puede ser que yo me vea apocado a darle también un valor a las heces para ser feliz, dando gracias cada día por haber nacido en un vertedero. Nacemos, la sociedad nos regala una pinza para la nariz y cuando te vas haciendo mayor, decides regalarle el tiempo de tu felicidad a una hez que no es más que un pedazo de algo material y superfluo, (un coche, una consola, el fútbol, unas pesas...) ¡la que tú elijas! Qué felicidad…

En cambio, hay otras personas que son luces, que brillan con luz propia, que parecen volar por encima de este colosal vertedero, más allá de las nubes, donde no llega el mal olor. Parece que sean de otro planeta… Ellas son la esperanza, la Razón de un mundo gobernado por la sinrazón. Son un hilo plateado muy finito, la única y última conexión con lo divino, con lo que está más allá, con la verdadera VIDA. Es otro nivel. La distancia entre estos “ángeles” sin alas y las demás personas coprofágicas [coprofagia: del griego, copros (heces) y phagein (comer)] es abismal. Unas merecen la extinción total, otras la adoración imperecedera.

Y yo. Yo estoy justo en medio. En el ecuador de dos mundos en uno.

Oliendo a mierda y a la vez viendo de cerca a algunos ángeles volar… dándome envidia. Miro a un lado y sólo hay mierda; miro al otro y observo una miríada de tonalidades blancas y azules que causan en mi corazón un alud de emociones místicas.

Ahora comprendo que no hay peor infierno que estar en medio de dos mundos sin poder tocar ninguno. Pero, poco a poco, también entendí que en realidad todos pueden ser ángeles si lo desean, todos pueden volar si miran al cielo y se dejan embaucar de dentro hacia afuera por su azulada y singular atracción. Todos tienen la capacidad de ser inmortales, de alumbrar, de ser un faro de luz y guiar a otros… Pero en verdad están enamorados de la peste a mierda, y si se encuentran a gusto así. ¿Para qué cambiar? Se encuentran bien oliendo a mierda, eso es todo.

Pasan los años, los segundos se perciben infinitos… Y sigo inmóvil. Inalterable. Un ser extrañamente compuesto de plumas y heces que ya se ha secado y fosilizado. Una piedra.

Espero al tiempo, a que no tarde mucho en ver mi inutilidad, a que me arroje al mar de fuego construido para eliminar desechos inservibles como yo. El tiempo malgastado en darme vida será olvidado y recompensado. A aquellas personas que soportaron la cruz de tratarme vivo, a todas aquellas que me conocieron; el destino les brindará un porvenir glorioso.

A pesar de todo, (y ante el empeño de que hay que ver la vida de forma positiva) al menos hay algo de mí que sí os servirá: dejar de ser.


26 julio 2013

12:33

En un atisbo de esperanza, he comenzado a creer que si la vida es una gran sorpresa, la muerte podría albergar una mucho mayor.

El molino, que antes mecía sus aspas sutilmente para sacarle el alma al grano de trigo, ahora mueve sus cruces de madera a la velocidad de un huracán, sin distinguir mijo, harina o personas. Todo se lo lleva. Todo sale muerto desde el día que decidieron hacer de mi molino un matadero de seres humanos.

Desde que vinieron con aquellos barcos, con sus vestimentas raras y esa araña de madera con la que decían que debíamos “confesar nuestra herejía”, no he podido evitar preguntarme si realmente saben lo que significa ser hereje. Hipócritas.

Aunque poco a poco, me cuesta más trabajo pensar… No sé cuánto tiempo llevo aquí encerrado.

Quizá, si supiese volar, esto no habría pasado. Volar supone no tener que posarse sobre sentimientos que duelan, noticias que emborronen la existencia; evidencias que, sabiendo volar, mantendría lo suficientemente lejos como para no recordarlas. Pero por mucho que el olvido me haya arrojado al vacío, donde no hay nada más que muerte sin tiempo fijo, los ecos de luz en forma de rayo solar me alcanzan a las 12:33 de cada mañana, y, por un minúsculo agujero, por tan sólo un minuto al día, me quemo en el tiempo y me arrojo a morir entre su fulgor. ¿Cómo es posible tener los ojos cerrados si los párpados se han evaporado por el calor de los sueños?

A las 12:33 irradié el aroma de mi muerte, me dejé ir. Mi destino era el Sol (mi Dios) y éste me mostró su forma de ver y comprender la existencia.

Él me enseñó que el sudor de la noche no es más que el rocío de la mañana, un esfuerzo por salir el Sol, una carrera milenaria por abrazar a la Luna. “La sangre es de luz cuando el amor es infinito”, me dijo. Rayos rojizos de cobre y rubíes amanecen alabando la voluntad de un gesto que llena de vida todo lo que antes sólo era oscuridad.

¿Qué haces para no quemarte de odio y rencor entre la maldad que exhibimos nosotros los humanos? –le pregunté.

Utilizando su lenguaje, donde su léxico lo forman lienzos de luz y susurros de calor, Él me respondió: “Yo sí creo en ti. Creo en todos vosotros. La fe hacia el amor es la insurrección continua de mi albor y vehemencia. A la protección que os entrego, allí la llamáis de otra forma; esperanza”.

Capaz fui de escapar y vivir; pero hubiese sido incapaz de olvidarla. Hubo un mundo que, hace muchos años soñé una noche mientras dormía abrazado a ella, ya casi no lo recordaba… Había océanos en el cielo, las nubes no estaban, en su lugar se esparcían playas de arena, más clara, más oscura… Recuerdo que llovía dientes de león con olor a mar. La tierra era de azúcar tostada que tibia se dejaba sentir en mis pies descalzos. Y cuando quise encontrar el cielo, que pensé que por alguna parte debía de estar en aquel mundo de ensueño, hubo un gran terremoto con doble epicentro, tan fuerte, que concentró el azul infinito de nuestra bóveda celeste en dos grandes ojos.

Me miraba. Era ella. Su piel se teñía de luz y me sonreía aquello que el Sol me dijo: esperanza. Sus pupilas albergaban un sistema binario estelar compuesto de eternidad y amor, éste último, en un estado de pureza que jamás pensé que podría llegar a sentir.

Fue la primera y última vez que lo comprendí todo: Somos un poema sin rima, una canción sin música, un beso sin labios. Somos lo que nunca hemos vivido, somos aquello que soñamos.